TEMAS DE INTERES

  •  COMO FOMENTAR LA AUTOESTIMA EN LOS NIÑOS
  • SOBREABUNDANCIA: ¿LOS NIÑOS RICOS SON NIÑOS SANOS? 

La riqueza y la salud no siempre van de la mano.

Los adolescentes ricos de los suburbios presentan mayores índices de sufrimiento psicológico que sus congéneres de

zonas urbanas y en ello, exceden a cualquier otro grupo socioeconómico.

En todo el país, los médicos, educadores e investigadores reportan hallazgos que indican que los adolescentes privilegiados muestran índices cada vez más elevados de fracaso escolar, depresión, ansiedad y consumo de sustancias. La mayoría de las investigaciones y estrategias de intervención se han centrado en jóvenes necesitados pertenecientes a minorías de zonas urbanas de baja condición socioeconómica; han puesto mucho menos énfasis en las experiencias de vida únicas de jóvenes acaudalados de los suburbios. Como nación, nos enfrentamos a una realidad lamentable. Los estadounidenses ganamos tres veces más que hace 30 años; la tecnología ha abierto todo un mundo de recursos para los jóvenes; y los padres trabajamos en exceso para darles a nuestros hijos las oportunidades que los expondrán a una “buena vida”. Sin embargo, hay una generación adolescente en la que los problemas psicológicos están aumentando y los suicidios se han duplicado.

Parece que los niños y las familias son víctimas de una nueva epidemia, la sobreabundancia.

Por sobreabundancia, se entiende la relación disfuncional entre la adquisición de riquezas y otras fuentes de autoestima. Este trastorno gana cada vez más fuerza en todos los ámbitos individuales y sociales, lo que nos lleva a basar nuestra identidad y lugar de pertenencia en el mundo en el consumo y metas materialistas. La sobreabundancia se traduce en deudas, exceso de trabajo, residuos y daño al medio ambiente, lo que conduce a trastornos psicológicos, alienación y sufrimiento.

A pesar de su nombre, la sobreabundancia no es un trastorno que sólo afecta a quienes más tienen.

Los investigadores de mercado entienden por riqueza ingresos que van de $75.000 a $160.000, lo que comprende a algo más de 1 de cada 4 familias. Por ello, “riqueza” se convierte en un término relativo e incluye a muchas familias estadounidenses trabajadoras. Si bien no son cifras definitivas, la investigación de mercado más reciente calcula que los jóvenes estadounidenses tuvieron, gracias al dinero de sus padres, un poder adquisitivo aproximado de $153 billones en 2006 y que lo que más compraron fue ropa y productos electrónicos.

No hay dudas de que el dinero es algo bueno y nos permite criar a nuestros hijos con comodidad. Sin embargo,

paradójicamente, el dinero y el confort pueden acarrearles problemas.

Jon y Eileen Gallo, expertos en cuestiones psicológicas relacionadas con el dinero y la riqueza familiar, participaron de Silver Spoon Kids para identificar las luchas de los adolescentes en relación con un estatus socioeconómico más alto. Consideran que la seguridad económica puede llevar a una falta de motivación entre los jóvenes. El exceso de libertad para aprender y explorar puede llevar a la apatía, la pereza o la falta de compromiso y de obtención de logros. La oferta de demasiadas oportunidades atractivas puede llevar a horarios abarrotados y sobrecarga de actividades. La sobreexposición a lo selecto de la vida puede llevar a una marcada autoindulgencia y a actitudes altaneras. La amistad con otros jóvenes adinerados puede acentuar el aislamiento y el esnobismo. Los jóvenes pueden terminar perdiendo la valoración por el esfuerzo y la ambición.

Los signos de la sobreabundancia se manifiestan de muchas maneras. A saber:

  • Baja en las calificaciones
  • Imposibilidad de postergar una gratificación
  • Baja autoestima e inseguridad
  • Conductas asimiladas de tensión, nerviosismo o ansiedad
  • Indecisión, malhumor e irritabilidad sin provocación

Factores comunes que facilitan el ciclo de la sobreabundancia

  • Consumo de sustancias

    La psicóloga Madeline Levine escribe en The Price of Privilege (El Precio del Privilegio) que uno de los aspectos más perjudiciales de la riqueza en los niños es la automedicación, a la que recurren para aliviar el estrés. Considera que los jóvenes de los suburbios muestran niveles mucho más elevados de síntomas de ansiedad, consumo de cigarrillo, alcohol, marihuana y drogas duras. Luthar y Becker, importantes investigadores sobre el estrés adolescente, hallaron que un grupo de niñas ricas de una escuela media del noreste del país manifestó malestar como consecuencia de una importante depresión clínica. En el mismo estudio, tanto los varones como las niñas de la escuela media que comunicaron síntomas de ansiedad eran además más propensos al consumo de sustancias.

  • Presión académica

Los padres trabajadores muy exitosos desean que sus hijos obtengan honores académicos. Sin embargo, los niños en medios que resaltan el ingreso en universidades estelares se sienten obligados a sobresalir no sólo en lo académico, sino también en las actividades extracurriculares. Esto puede llevar a esfuerzos demasiado perfeccionistas. Los niños sienten que su autoestima y su valor como personas están relacionados con la obtención de logros y no con lo que son. A medida que los jóvenes comienzan a apoyarse en el éxito para sentir que valen, este perfeccionismo tiene mayor correlato con índices de estrés, como la depresión y la ansiedad.

  • Falta de contacto con los padres

Un estudio reciente del que participaron 1.000 adolescentes estadounidenses revela que cuanto más alto es el nivel socioeconómico de los padres, menor es el contacto semanal que tienen con sus hijos. Luthar considera que la participación en múltiples actividades extracurriculares se relaciona con una disminución en la supervisión de los padres. Los niños comienzan a ir de una actividad a otra y pasan más tiempo con compañeros, entrenadores, tutores y adultos que sólo los conocen de modo superficial. Lamentablemente, los adolescentes que sufren se sienten más atraídos por sus compañeros con problemas, lo que los lleva a tomar malas decisiones y tener conductas peligrosas de riesgo. En general, la falta de contacto con los padres conduce a la desaparición de la antigua unión familiar y los niños pierden las experiencias formadoras de carácter y estabilizadoras. Los problemas de estos jóvenes pueden pasar desapercibidos hasta que el fracaso escolar, las cuestiones legales y un importante malestar llevan a la participación forzosa de los padres, y se hace imprescindible la intervención de un profesional clínico.

¿Cómo los padres pueden detener el ciclo de la sobreabundancia?

Un niño rico no significa necesariamente un niño mentalmente sano. Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para que los padres adopten un papel activo a fin de prevenir la epidemia de la sobreabundancia en la familia. Es importante recordar que el dinero y los regalos no compensan la ausencia de los padres. Los niños necesitan que sus padres les dediquen tiempo y atención, aún en las circunstancias más simples e intrascendentes. Los padres que escuchan, dan lugar al diálogo y demuestran afecto y comprensión ayudan a que sus hijos desarrollen mejores habilidades para la resolución de problemas y estrategias para la resolución de conflictos. Los niños agradecen que haya una estructura y expectativas claras cuando estas pautas se dan con amor y flexibilidad. Los padres son los primeros modelos de sus hijos y deben tomar la iniciativa para ayudarlos a distinguir entre sus carencias y sus necesidades. Los padres que enseñen que el esfuerzo y las recompensas van de la mano criarán hijos equilibrados más sanos.

  • CRIANZA SOBREPROTECTORA

¿Qué significa crianza sobreprotectora?

Quizá sea un signo de la época. En una era de interminables avances tecnológicos y de las telecomunicaciones, tenemos acceso a cualquier persona o cosa en un instante, y como es lógico, ocurre lo mismo con el acceso de los padres a sus hijos. Un padre sobreprotector es aquél que presta excesiva atención a sus hijos, de manera tal que corre en su ayuda para evitar que se lastimen o fracasen. Esta conducta de los padres no depende ni se ajusta a las necesidades del niño, sino que constituye un estilo de crianza que consiste en sobrevolar de cerca como un helicóptero de rescate.

Por cierto, los helicópteros son esenciales en una emergencia, pero resultan muy incómodos para uso corriente. Si tomamos esta analogía, el fenómeno de la crianza sobreprotectora puede perjudicar a los niños al facilitarles demasiado la vida e impedirles que aprendan de sus errores. A los padres sobreprotectores les cuesta saber cuándo deben intervenir y defender a sus hijos y cuándo es mejor que los niños manejen las cosas por su cuenta.

¿A qué se debe?

La mayoría de los casos de crianza sobreprotectora proviene de la loable intención de querer lo mejor para los hijos, pero la mayoría de estos padres no llegan a ver las consecuencias negativas involuntarias a largo plazo. Además, este tipo de crianza puede deberse a que los padres sienten que sin un empujoncito, sin un envión o un mimo, el niño no logrará lo que los padres consideran que es necesario. Muchos padres sobreprotectores sienten que la falta de logros e incluso el supuesto fracaso de sus hijos es culpa suya o un reflejo directo de su crianza. A medida que las exigencias académicas y extracurriculares que recaen en los jóvenes aumentan, los padres sobreprotectores los ayudarán a ser más eficientes y productivos como sea, con una tendencia a darles más respuestas para recordar que problemas para resolver.

Sin embargo, “al igual que el estómago, el niño no necesita todo lo que usted pueda darle”. Demasiada intervención puede coartar la capacidad del niño de convertirse en un individuo competente. Asimismo, puede impedir que el niño comprenda los límites de lo que puede lograr, y negarle la oportunidad de poner en práctica el establecimiento de límites, una habilidad fundamental para el manejo de la propia vida.

¿Quién se ve afectado y cuáles son las consecuencias negativas?

La dinámica que se despliega en la crianza sobreprotectora afecta tanto a los niños como a los padres. Muchos padres se sienten abrumados por su supuesta responsabilidad de supervisión y control obsesivo, pero no conocen un estilo de crianza alternativo. Los niños con padres sobreprotectores que les controlan la vida y les resuelven los problemas tienen muchas más dificultades para aprender a hacerse responsable de sus problemas. En consecuencia, pueden no llegar a desarrollar las habilidades necesarias para manejar muchos de los retos de la vida, pueden asumir que alguien más se encargará de los detalles tediosos, y pueden llegar a sentirse incapaces de obtener logros por sí mismos. Si bien los padres sobreprotectores creen que están facilitando la transición de la niñez a la adultez, en realidad pueden estar cercenándola.

Los expertos advierten que este tipo de crianza en una sociedad que valora la independencia puede impedir el desarrollo de esta cualidad en los jóvenes, debido a que éstos confían cada vez más en que sus padres les resolverán los problemas. Según las palabras de Steven Kurtz,

Ph.D, Profesor Auxiliar de Psiquiatría del NYU Child Study Center: “Cuando los niños no tienen espacio para pelear solos por lo que quieren, no aprenden a resolver problemas.” Sin la experiencia del ensayo y el error, los hijos de padres  sobreprotectores pueden volverse cada vez más dependientes y necesitados. Aun cuando el niño acepta la participación excesiva de sus padres, no es sin consecuencias y puede ser resultado directo de su gran dependencia. Sin la confianza que se forja enfrentando desafíos, estos jóvenes pueden sentir que sus habilidades de por sí no son adecuadas para conseguir suficientes resultados o los deseados. Esta falta de seguridad en sí mismos puede afectarlos hasta bien avanzada su adultez.

¿Tiene algún beneficio?

Obviamente, los niños cuyos padres hacen de la tarea una actividad conjunta, redactan sus cartas de presentación o les resuelven las disputas con un compañero hablando con los padres del compañero, se ven beneficiados. Sin embargo, es poco probable que los beneficios a corto plazo compensen las consecuencias a largo plazo analizadas arriba. La Encuesta Nacional de Compromiso Estudiantil determinó que casi el 40% de los estudiantes de primer año de la universidad resolvió algún problema universitario mediante la intervención de uno de sus padres o del tutor. Un análisis más concienzudo de los hallazgos revela que los estudiantes cuyos padres intervinieron no recibieron mejores calificaciones. Entre los niños más pequeños, la excesiva intervención de un padre sobreprotector en las tareas académicas puede ocultar dificultades de aprendizaje o lagunas de conocimiento que debieran tratarse.

En la medida en que la crianza sobreprotectora pueda ayudar a los padres a evitar el sufrimiento de ver a sus hijos fracasar o equivocarse, este estilo de crianza puede servir como un beneficio secundario para el estado emocional de los padres. Además, el sentido de autoconfianza de algunos padres puede estar directamente relacionado con los éxitos de sus hijos. En un esfuerzo por sentirse bien consigo mismos o con sus habilidades como padres, pueden desarrollar un estilo sobreprotector. A estos padres se les aconseja buscar apoyo, ya sea de profesionales, otros padres o grupos de apoyo a fin de manejar sus miedos y encontrar una fuente alternativa de autoestima.

¿Cómo hacen los padres para involucrarse en la vida de sus hijos sin ser padres sobreprotectores?

La crianza sobreprotectora y el ser padres dedicados y participativos no son excluyentes entre sí, sino parte de un todo de participación de los padres. Una crianza sobreprotectora implica una participación excesiva que no sirve a las necesidades de adaptación del niño a largo plazo (como lograr una sensación de dominio, aprender de los errores, ganar cada vez más independencia con la edad). Brindarle al niño ayuda y guía frente a una tarea o problema no es lo mismo que resolverle el problema. Al igual que el niño que va tambaleante en la bicicleta por primera vez, un hijo necesita apoyo y libertad.

La Oficina de Censos de los EE.UU. calcula que aproximadamente uno de cada 10 adultos de 25 a 34 años vive con sus padres. El costo desproporcionado de los estudios, la mayor dependencia de créditos estudiantiles, la deuda creciente acumulada por los graduados universitarios, la inseguridad del mercado laboral y las dificultades para encontrar vivienda pueden llevar a algunos hijos adultos a volver al nido. El regreso al nido no indica necesariamente que el joven no es independiente o que no puede tomar decisiones por sí mismo. Sin embargo, los padres deben analizar con cuidado el pedido de asistencia de un hijo y también estudiar su propio deseo de “solucionar” el problema por motivaciones subyacentes que en última instancia, pueden no ser para el bien del joven. Para que el consejo de los padres les sirva a los jóvenes para toda la vida, esta guía de los padres no debe reemplazar ni funcionar separadamente de las propias habilidades del joven para resolver problemas.

Si bien ninguno de los puntos que siguen sirve de diagnóstico en sí mismo, si los padres se identifican con cualquiera de ellos, puede que estén controlando en exceso a sus hijos:

  • Cree que su hijo no se desenvuelve bien sin su vigilancia?
  • ¿Se encuentra monitoreando las búsquedas académicas o extracurriculares de su hijo?
  • ¿La tarea escolar es una actividad conjunta?
  • ¿Sus sentimientos de autoconfianza se relacionan estrechamente con los éxitos o fracasos de su hijo?
  • ¿Corre a resolver los problemas de su hijo antes de darle la oportunidad de que él los resuelva?
  • ¿Llama a su hijo varias veces por día, chequea los mensajes para cerciorarse de no haber perdido ninguna llamada y le pide que se

comunique periódicamente?

Según el contexto y la edad de su hijo, estos puntos pueden indicar una crianza sobreprotectora. Un profesional de salud mental puede ser la persona indicada para evaluar si el funcionamiento de su hijo a largo plazo corre riesgo por estas conductas de crianza. Asimismo, los grupos de apoyo para padres y las terapias individuales pueden ser de ayuda para aquellos padres que no pueden contener la urgencia de controlar.

Si cree que puede estar sobrevolando sobre sus hijos y desea orientarlos en resolución de problemas, pueden servirle estos cuatro pasos: 1º Paso: sea comprensivo con el actual problema del niño; 2º Paso: pregúntele a él qué piensa y qué va a hacer; 3º Paso: propóngale o ayúdelo a evaluar diversas opciones y soluciones y pídale que articule las diferentes consecuencias de cada solución; 4º Paso: permítale tanto resolver como no resolver el problema. Recuerde: si el niño tiene la suerte de no elegir una buena opción, puede aprender dos lecciones. Aprender a “soltar” nunca es fácil, pero advertir y tratar de cambiar las tendencias de crianza que puedan resultar perjudiciales para sus hijos es fundamental para mejorar la crianza, erigirse como un modelo positivo y en última instancia, para el bienestar de sus hijos a largo plazo.

  • SÍNDROME DE ASPERGER: DIFERENTE PERO INTELIGENTE

Hace más de cinco décadas, el Dr. Hans Asperger, un pediatra austríaco, describió a 4 niños con algunas de las características del autismo, como deficiencias para la comunicación social, pero con una inteligencia normal.

Sus observaciones fueron ignoradas en buena parte hasta que, en 1981, la Dra. Lorna Wing también comunicó varios casos de niños con inteligencia normal y problemas sociales similares y acuñó el término Síndrome de Asperger (SA) para diferenciar estos niños de aquéllos con Autismo Clásico según lo descripto por el Dr. Leo Kanner en 1943. No obstante, recién en 1994 la Asociación Estadounidense de Psiquiatría reconoció formalmente el Síndrome de Asperger (SA) como una subcategoría definida dentro de los Trastornos Generalizados del Desarrollo y publicó los criterios clínicos en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-I V).

¿Cuáles son algunas de las características del Síndrome de Asperger?

Los niños con Síndrome de Asperger tienen una inteligencia normal, pero escasa interacción social y emocional. Sus patrones del habla son raros y la entonación al hablar es monocorde. Les resulta difícil interpretar las expresiones de la cara y entablar relaciones con sus compañeros apropiadas para la edad. Se obsesionan por temas poco usuales y tienen conductas repetitivas. Debido a su modo pedante al hablar, los niños con SA suelen recibir el mote de “Maestrito” o “Sabelotodo”. Les cuesta mucho manejar las exigencias sociales de la escuela o el trabajo y, a menudo, son el blanco de las bromas.

¿Qué prevalencia tiene el Síndrome de Asperger?

El SA, como trastorno, afecta aproximadamente a 2 de cada 10,000 personas. Es menos prevalente que el autismo ya que éste afecta más o menos a 10 de cada 10,000 personas. Sin embargo, debido a su inteligencia relativamente normal y su lenguaje aparentemente adecuado para la edad, los niños con SA suelen identificarse más tarde que los niños autistas. Si bien no existe una causa conocida ni cura para el SA, NO se debe a la mala crianza.

¿Cuáles son algunas de las estrategias terapéuticas más útiles?

La identificación y el tratamiento tempranos del Síndrome de Asperger constituyen las claves para obtener un óptimo resultado. El tratamiento debe comprender: o el mejoramiento de la comunicación social. o la estimulación de la autonomía. o la prestación de servicios de apoyo para la familia. o la creación de un ambiente educativo y laboral seguro que promueva un clima de aceptación.

En caso de niños con SA y enfermedades coexistentes (como ansiedad, depresión, hiperactividad con déficit de atención), es conveniente el uso de medicación para complementar el tratamiento.

¿Qué podemos hacer como padres?

Los padres preocupados por el desarrollo social, emocional, motriz y del lenguaje de su hijo deben seguir su instinto y buscar ayuda lo antes posible. NO deben esperar con la esperanza de que el niño crezca y “todo pase”. Sino más bien, deben comenzar consultando al pediatra del niño o al médico de familia y prepararse para pedir evaluaciones adicionales a un pediatra del desarrollo, un psiquiatra infantil y un psicólogo. Los resultados de estas evaluaciones facilitarán la elaboración y la implementación de un plan terapéutico a la medida de su hijo.

  • RESTRINGIR EL USO DE DISPOSITIVOS MÓVILES A LOS NIÑOS?

 


  • TALLER INTERNACIONAL  SEPTIEMBRE 2017


  • COMO PREVENIR EL ABUSO SEXUAL INFANTIL


CONVERSAR DE LA MUERTE CON LOS NIÑOS

Ps. Karen Repetur. Psicóloga Clínica Infanto Juvenil.

 ¿Cómo hablar de la muerte con los niños?

 Los niños y niñas son muy perceptivos de lo que ocurre a su alrededor. Desde la primera infancia, aún sin entender el significado de las palabras, son capaces de leer las emociones de acuerdo a la entonación de la voz.

Por eso cuando ocurre alguna muerte en su entorno más cercano les afecta. “Los niños perciben cuando suceden cosas importantes a nuestro alrededor. Queramos o no van a ser impactados si ocurre alguna muerte en su entorno más próximo”.

Incluso, los niños se ven frecuentemente expuestos a la palabra muerte en los cuentos, dibujos animados y juegos de videos, entre otros medios. Por tanto, si no se ven expuestos a una muerte real en su círculo más próximo, “de todas maneras, tarde o temprano preguntarán a sus padres sobre el tema”, añade.

¿Cómo entienden la muerte según su edad?

Los niños atraviesan diversas etapas respecto de su comprensión de la muerte, las cuales detalla a continuación:

En la edad preescolar, perciben la muerte como algo temporal y reversible. “Alrededor de los 7 años comprenden que es un proceso que a todos nos va a ocurrir y que es para siempre, pero aún albergan la fantasía de poder escapar de la muerte de alguna manera”, dice.

Además, “la idea de retornar a la vida en forma de ángel por ejemplo es también común hasta los 9 o 10 años”, aclara.

En la edad puberal y durante la adolescencia se va “aceptando y comprendiendo a cabalidad el concepto de muerte y su irreversibilidad”, asegura. Incluso, las teorías acerca de ella se van acercando cada vez más a la espiritualidad del adulto.

El lenguaje adecuado

Por lo tanto, para hablar con los niños sobre la muerte primero hay que considerar su edad y luego adecuar el lenguaje y la profundidad de las ideas.

Para eso se aconseja:

  • Hablarles con un lenguaje sencillo y frases cortas, simples y decir la verdad.

Una buena forma de describir lo que ocurre es plantear que cuando alguien muere deja de respirar, de sentir, de hablar, de pensar y de realizar todas las acciones que vemos en las personas.

Si se trata de un animal o de una planta, explicarles que dejan de realizar todas las funciones y comportamientos propios de su especie.

  • Es importante la tranquilidad y naturalidad con la que el adulto hable, de modo de no angustiar al niño.
  • Se deben responder todas las preguntas para que no persistan dudas.

Hay que acoger con respeto los sentimientos, temores o ilusiones que los niños manifiesten al respecto.


  • ENOJO: CÓMO AYUDAR A LOS NIÑOS A MANEJAR ESTA EMOCIÓN COMPLEJA

¿Qué es el enojo? El enojo es una emoción básica que sentimos todos. Es normal y suele ser saludable. Sin embargo, cuando se pierde el control, el enojo se torna destructivo. A los niños puede traerles problemas con su familia, sus compañeros y su rendimiento escolar. Al igual que otras emociones, el enojo llega acompañado de cambios fisiológicos. Tanto la frecuencia cardíaca como la presión arterial pueden aumentar. El enojo puede deberse tanto a hechos internos como externos. Un niño, por ejemplo, puede enojarse porque siente que sus notas no son buenas (interno) o bien porque un hermano lo empujó (externo). La manera natural de expresar el enojo consiste en responder con agresión. Es la respuesta instintiva ante la percepción de amenazas físicas o verbales. Sin embargo, responder agresivamente a cada situación de amenaza no es sano ni seguro. La violencia acarrea problemas sociales, dificultades con la familia, problemas con la justicia y un daño físico o emocional. Por lo tanto, es importante enseñar a los niños, desde pequeños, formas saludables de controlar su ira. ¿Cómo se manifiesta el enojo según las edades? En la primera infancia, los niños comienzan a adquirir la capacidad de reprimir los impulsos de agresión física (como empujar, golpear, pellizcar, morder, gritar) cuando están enojados. Los niños en edad preescolar van aprendiendo a identificar los estados emocionales básicos en ellos mismos y en los demás mediante el uso de la palabra. Sin embargo, es frecuente ver niños que recurren a conductas de violencia física (arrojan juguetes, empujan o golpean a sus padres o compañeros) debido a que recién se están acostumbrando al uso de la palabra para expresar sus sentimientos. A medida que crecen, adquieren habilidades lingüísticas más complejas y empiezan a tener la capacidad para ponerse en el lugar del otro. Desarrollan la empatía y llegan a comprender mejor el efecto que sus actos y palabras tienen sobre los demás. En los años más avanzados, ya deberían saber expresar su enojo con palabras, no físicamente. Sin embargo, los niños con dificultades para hablar o controlar sus impulsos suelen bregar para controlar sus sentimientos de enojo y pueden responder usando la fuerza física, gritos o negándose a obedecer las normas escolares o familiares. Los adolescentes son acuciados por nuevos agentes agresores y preocupaciones que pueden provocar sentimientos de enojo y frustración, como la creciente necesidad de independencia e intimidad, además de que aumentan las exigencias académicas, sociales y laborales. Algunos jóvenes expresan su frustración e ira negándose a verbalizar lo que sienten y piensan mientras que otros reaccionan físicamente arrojando objetos o dando portazos. Algunos jóvenes tienen dificultades para manejar sus impulsos de agresión física y sus reacciones pueden llegar al punto de descargar su agresión en los demás. La cultura de grupo también puede tener un papel fundamental en la aceptación de la agresión física o verbal como respuesta adecuada a los sentimientos de ira. ¿Qué podemos hacer los padres? La forma en que los padres responden a las situaciones emocionales influye de manera significativa en el aprendizaje del niño a manejar sus propias emociones. Los niños están siempre aprendiendo a controlarse y necesitan una guía para poder expresar y dominar sus emociones y conductas correctamente. Los niños que ganan habilidad para manejar emociones, como el enojo, de manera adecuada pueden sobrellevar y repeler mejor el estrés. Esta capacidad les servirá desde la infancia hasta la adultez y redundará en una mejor salud física y mejor rendimiento académico y laboral. Reduce, además, los problemas de conducta fomentando a la vez el autocontrol, la confianza en sí mismos y buenas relaciones con los compañeros. Los padres pueden estimular la adquisición de habilidades eficaces para manejar el enojo de la siguiente manera:  Ayudándolos a desarrollar la empatía. Por ejemplo, pregúntele a su hijo: “¿Cómo piensas que puede sentirse Sam cuando le gritas y le sacas su juguete?” o “¿Cómo te sentirías tú si Sam te hiciera lo mismo?”  Enseñándoles que puede admitirse cualquier sentimiento no cualquier comportamiento. Es decir, uno puede sentirse frustrado pero no por eso golpear, patear o asir a otro para expresar lo que uno siente.  Cada situación que lleva a su hijo a afrontar sentimientos de enojo es una oportunidad de aprendizaje. Cuando note que su hijo mantiene la calma ante una situación irritante, remárqueselo y felicítelo. En cambio, si nota que no maneja bien su enojo, acérquese para ayudarlo a resolver el problema. Pregúntele, por ejemplo, qué podría hacer la próxima vez que le suceda algo que suscite su enojo. Ayúdelo a encontrar opciones, como “avisar a un adulto” o “volver la espalda” y luego aliéntelo a que la próxima vez reaccione eligiendo alguna de estas formas socialmente aceptadas.  Ayudándolos a desarrollar hábitos de control efectivo del estrés para evitar exabruptos de ira. Pidiéndoles que piensen en actividades positivas, como hacer ejercicio, leer, escribir o escuchar música, que los mantengan alejados de lo que los irrita, los entusiasmen y los lleven a participar regularmente de ellas. Y mejor aún, sirva de ejemplo recurriendo a estas actividades usted mismo.  Aconsejándoles a hacer inspiraciones profundas antes de reaccionar agresivamente cuando estén enojados. Tenga en cuenta que para que dé resultado, es necesario practicar antes. En caso de niños pequeños, es una habilidad que los padres pueden ejercitar con ellos al acostarlos. ¿Cuándo debería buscar ayuda profesional? Aprender a controlar los sentimientos de enojo es una parte normal del crecimiento. Algunos niños adquieren habilidades efectivas para el manejo de la ira fácilmente mientras que otros necesitan una guía más directa y cierta práctica. Si su hijo tiene dificultades para aprender a calmarse cuando está enojado o sufre episodios frecuentes en los que no puede evitar agredir física o verbalmente, es posible que necesite la intervención de un profesional en salud mental. Los ataques de enojo repetidos pueden dificultar la participación del niño en las actividades regulares de la clase o aumentar el riesgo de que un compañero salga dañado física o emocionalmente. Un profesional podrá evaluar las causas subyacentes y los factores que activan el enojo y la frustración, y ayudarlo a adquirir habilidades específicas para el manejo de la ira. Podrá, además, darle apoyo y orientación a usted y a los maestros de su hijo. Algunos jóvenes descargan sus impulsos de enojo en ellos mismos y pueden desarrollar conductas de autoagresión (golpearse la cabeza, cortarse, actitudes suicidas). Los jóvenes que muestran estas conductas necesitan atención inmediata. Escrito y desarrollado por Joshua Mandel, Psy.D., Daphne Anshel, Ph.D. y el personal del NYU Child Study Center. ACERCA DEL NYU Child Study Center El NYU Child Study Center se dedica a la investigación, prevención y tratamiento de problemas de salud mental en niños y adolescentes. Brinda evaluación y tratamiento a niños y adolescentes con problemas mentales, como ansiedad, depresión, dificultades del aprendizaje o de atención y síntomas asociados al estrés y los traumas. Si usted o su hijo necesitan ayuda, cuenta con profesionales que lo asesorarán las 24 horas del día, los 7 días de la semana, llamando a 1-800-LIFENET (1-800-543-3638), un programa de la Asociación de Salud Mental de la Ciudad de Nueva York. Dispone de ayuda en distintos idiomas: español, 1-877-298-3373; chino, 1-877-990-8585. Por otros idiomas, solicite un traductor. Si desea más información, pautas y consejos prácticos sobre salud mental infantil y cuestiones sobre la crianza, por favor visite el sitio en Internet del NYU Child Study Center, AboutOurKids.org. Changing the Face of Child Mental Health NYU Child Study Center 577 First Avenue New York, NY 10016 The